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Viaje

Ayer fui a ver una obra de teatro escrita por un buen amigo que cuidó de mi cama, de mi hámster y de las plantas durante el verano.

Salí de mi casa bastante pronto porque me aburría y me fui en metro hasta Paseo de Gracia.  Sólo fueron cinco paradas. Conmigo se subió un hombre que tocaba el acordeón. Yo empecé a andar por los vagones porque me gusta la sensación de andar por los vagones, de desequilibrarme con los vaivenes buscando mi sitio ideal. O haciendo ver que lo busco. Me siento algo sobreactuada en ese momento. Me gustan los asientos orientados hacia el pasillo, esos que son paralelos a la pared. Entonces miras al frente y te ves reflejada en la ventana. 

El hombre del acordeón llegó hasta mi vagón tras dos paradas. Bajé el volumen de mis auriculares para escucharle. La canción empezó de un modo sencillo, pero fue complicándose hacia el final. Adornaba la base de acordes con una serie de florituras que llamaban la atención. Le mirábamos un niño, una mochilera y yo. Los demás iban pendientes del móvil o de los típicos mapas que llevan los turistas entre las manos y que jamás se doblan del mismo modo que la primera vez. Cuando el hombre acabó de tocar,  tapó el acordeón con un trapo blanco y abrió la mano para que le diéramos alguna moneda. Era la misma mano que subía y bajaba por el teclado a gran velocidad en aquel apoteósico final de canción.

Luego llegué a mi parada y las escaleras automáticas me llevaron al exterior. Siempre es como subir a la superficie después de un largo tiempo sumergida en algún lugar.

Afuera todo parecía seguir intacto.


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