He leído que cuando los barcos van a la deriva se entregan a las corrientes.
Eso me ha pasado hoy en el supermercado.
Avanzaba por los pasillos dispersa, ensimismada, hasta que he chocado con una estantería.
No ha sido un iceberg, pero me ha devuelto a la realidad. Me ha parecido que llevaba una eternidad dando vueltas con un solitario tetrabrik de leche de avena dentro del carro.
Me costaba concentrarme en lo que tenía que comprar. Me he quedado mirando un paquete de rollitos de primavera y he recordado la primera vez que los prové.
Cuando era pequeña, mis padres tenían unas amigas que vivían juntas. Una de ellas era compañera de trabajo de mi madre. Mis padres nunca pronunciaban la palabra "lesbiana", pero yo tampoco sabía lo que era seguramente. Solían invitarnos alguna noche a cenar. Vivían en un piso de l'Eixample y tenían una hija.
Fue en aquella casa donde comí rollitos de primavera por primera vez. Ahora es una comida corriente, pero en aquel momento era exótica. Recuerdo saborear muy emocionada algo desconocido.
La hija era un poco más mayor que yo. A mí me encantaba estar con ella. Tengo fotos de un verano, juntas en una piscina. Ella lleva en la mano una red para recoger hojas y pinaza. Me tenía fascinada, la verdad. Cuando vi Muerte en Venecia, Tadzio me recordó a ella.
Tengo un vinilo de segunda mano con la banda sonora de la película. El primer tema es el Adagietto de la sinfonia número 5 de Gustav Mahler.
(Pienso en Alma Muhler, la Novia del viento, en el desquiciadísimo Kokoscka, la muñeca que encargó hacer idéntica a ella y a tamaño real cuando lo abandonó, aquel escándalo en la ópera... Recuerdo escuchar estas historias en el aula de la universidad, tomando apuntes y mirando por la ventana.)
El Adagietto son 9 minutos para cerrar los ojos y dejar que el corazón tome el rumbo que quiera. A veces por pasajes sin certezas, pero también, por momentos, llenos de luz.
Triste hasta arrancarse las venas, el tal adagietto... Gracias por traérmelo a la mesa del despacho, hoy...
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