Temas que no importan


Hacía tiempo que no me despertaba un sábado en mi habitación. Mi perra rubia se está convirtiendo en un plumero con patas. Salta de sofá en sofá, no se le ven los ojos, le muerde las orejas a mi perro negro. Él se pone tripa arriba y se deja morder. Hablar de perros es como hablar de sueños, es algo que sólo interesa al dueño de los sueños o de los perros, en este caso dueña, y a quién está enamorado/a de la/el dueña/o de los perros o los sueños.

Con todo el día libre por delante he aprovechado para hacer cosas de chicas y me he teñido el pelo. Si tuviera las uñas largas me las hubiera pintado pero no es el caso, aún así el ejemplo sirve. Podría haber ido a la peluquería pero siempre te tientan con las tijeras para que te lo cortes, y yo ahora lo quiero largo, muy largo, ya me pasa de los hombros más de un palmo. Y estoy orgullosa de ello. Es símbolo de fuerza.

Me he puesto la camiseta de los tintes. Es de color blanco y de propaganda de un torneo de baloncesto. Siempre uso la misma para no estropear otra. Perteneció a mi último novio serio, sin embargo era muy simpático. Es lo único suyo que conservo. Un día quieres tener hijos con él y otro día sólo quieres tener una camiseta para cuando te tiñes el pelo. Mi novio era alto. Mi abuela siempre me hablaba de un novio que tuvo que era muy alto, se llamaba Fernando. Era lo único que destacaba de él, su altura. Se le iluminaban los ojos de tal forma cuando mencionaba su estatura que debió calarme hondo. Ahora mi novio se ha casado y me manda recuerdos para mis padres. Aún le llamo novio, es una manía.

Sofía siempre me dice que tengo el pelo muy brillante. Eso es gracias a una buena alimentación. A los perros también les pasa, cuando les brilla el pelo es que están contentos y bien alimentados. Con los sueños no lo he comprobado, tal vez también influya algo. Yo le digo que ella tiene un pelo precioso. Nunca se lo habían dicho, o esa dice ella, pero a mí siempre me gustó, desde que iba al parvulario me gusta su pelo.

Hoy me siento muy feliz. Otra tema que en general tampoco importa demasiado.

He descubierto una cancioncilla del folklore nórdico que me encanta, la toco con el piano. Está en mi menor. Es triste y triste pero preciosa. Si un día me animo, bajaré los bártulos y la grabaré.

¿Por dónde voy?



Ochenta y dos cuando voy en coche, ochenta y dos cuando camino hacia la facultad, ochenta y dos cuando me examino de formación instrumental, ochenta y dos si me paseo por el hospital, ochenta y dos cuando me miro en el espejo, ochenta y dos mientras me ducho, ochenta y dos cuando cierro los ojos, ochenta dos mientras paseo a mis perros, ochenta y dos, ochenta y dos, ochenta y dos.


Estoy leyendo La niña del faro de Jeanette Winterson. Me gusta tanto que he decidido prescindir del punto de libro, así tengo que memorizar durante todo el día el número de página por el que voy. Ochenta y dos, ochenta y dos, ochenta y dos. Es el misterio en el que ando pensando cuando pongo cara de andar pensando.

Vivía en una casa sobre la pendiente de un acantilado. Había que clavar las sillas al suelo y jamás podíamos comer espaguetis. Comíamos cosas que se quedaran pegadas al plato: pastel de carne con patatas, gulash, risotto, huevos revueltos. Una vez intentamos comer guisantes. Menudo desastre. Durante mucho tiempo todavía encontramos alguno, verde y cubierto de polvo, en los rincones de la habitación. ( Jeanette Winterson, La niña del Faro )

Sin cuerda



Es un poco tarde, hoy no he tenido ni un ratito para perder el tiempo. En cualquier caso, mejor eso que pasarme la tarde viendo como las horas se me echan encima como un jugador de rugby.

Eso sí, eso no, no me quito de la cabeza al vigilante de la biblioteca a la que fuimos el sábado.

Cuando faltaban diez minutos para cerrar pusieron una canción para que los usuarios decidiéramos de una puñetera vez qué libro queríamos llevarnos. Es algo habitual. El otro día sonó "New York, New York", la de Frank Sinatra. Y la verdad es que a todos nos han afectado bastante las películas. El guarda de seguridad se puso a bailar alzando las piernas y alternando el paso con algo de claqué. También cantaba y sonreía a las bibliotecarias. Aprovechando el despiste del vigilante, una avalancha de nieve, digo de usuarios, atracaba las estanterías de novelas, sobre todo los estantes de la M a la O, y las de dvd's. A nadie parecía importarle en absoluto tal desbarajuste, todos estábamos muy contentos. El frío, ya se sabe. Las películas. New York.

Yo estaba especialmente alegre porque estrenaba gorro de lana, uno que me hizo la abuela de mi prima (que no es mi abuela). Sofía volvía a ponerse al abrigo con forro de cuadros y la chica de delante guantes a rayas.

Tras cruzarnos con varios perros con jersey, llegamos a casa y vimos en televisión que la helada había estropeado la cosecha de todo el año, que el frío era un gran desastre. Una mujer lloraba con un kiwi congelado en la mano.

Ya sentada en el sofá, me quité el gorro algo avergonzada. Alguien había dejado de darle a la manivela. La música se iba agotando. Decidimos emborracharnos jugando al yo nunca nunca. Sofía me pidió que por favor volviera a bailarle la danza africana que me enseñaron en la clase de expresión corporal. Te queda tan tribal.

En busca de la perfección

La verdad es que es muy difícil conseguir un blog blanco. Lo seguiré intentando.

Me he saltado la clase de piano. Últimamente me siento acorralada por la música. Ella y yo en el ring de boxeo. Pero hoy le he dado plantón... y ya sabemos como se pone cuando la dejas tirada.

Eureka!


El sábado me llamó mi madre. Me dijo que volvía a dolerle el hueso dónde antes estaban las tres muelas incrustadas. Hoy a las ocho he entrado en casa y ella ya estaba en la cama. Qué diferente es ahora mi madre, podría decir, pero me equivocaría. Es la misma persona que ordenaba a los coches que nos dejaran pasar. Era un juego de mi madre, de cuando me llevaba al colegio y había mucho tráfico en Barcelona. En los cruces ella pronunciaba unas palabras mágicas y los demás conductores se paraban y dejaban que nuestro coche pasara primero. Yo creía en sus poderes ciegamente. Ahora soy yo quién le hace el juego a Sofía. En los cruces que tengo preferencia ordeno a los demás coches que nos dejen pasar. Ella hace ver que se lo cree y todos contentos.

Los trucos de mi madre eran variados. Por ejemplo, estaban los poderes que convertían cualquier playa en el mejor lugar del mundo para pasar el mediodía. Sobre todo a finales de junio, cuando yo ya tenía vacaciones y ella me llevaba en coche por la costa brava. Todo el día. Era fantástico.

Los poderes se fueron manteniendo hasta más o menos el 2002. Ese año, al salir de un hospital, enseguida noté que los poderes se me traspasaban al menos por un tiempo. Hasta que ella se curara. En mis manos el efecto no era tan brillante, tan majestuoso, pero los llevé como pude.

Hoy me ha dicho que había estado pensado en mí durante toda la noche y que tenía que contarme una cosa muy importante.

- Tú sabes, hija, que Arquímedes fue el primero que estudió la palanca y escribió sobre su mecánica, ¿verdad? Imagínate, qué seria del mundo sin la palanca. Pues de Arquímedes es una cita que puede ayudarte: "Dame una palanca y un punto de apoyo y moveré el mundo". Tienes que pensar en eso... en los puntos de apoyo para que puedas mover el mundo.

Está claro quién sigue teniendo poderes.


Quiero Mero

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Mi madre sigue nostálgica de sus muelas. Turrón de almendras, maíz tostado, cerezas, huesos de pollo.

Hoy le he hecho la compra en la pescadería. El único problema es que a mí en estos sitios no suelen hacerme caso, o esa es mi impresión. No sé que debió pasarme en el patio del colegio. Siempre me ha costado muchísimo pedir la tanda, imponerme en la cola. En la pescadería, como en el psicólogo, en la psiquiatra, en la fisioterapeuta o en la frutería, no me hacen caso. Todos son lo mismo.

He leído los cartelitos para asegurarme de lo que pedía, los peces desnudos son todos iguales, excepto las sepias y el marisco. Quiero mero. Quiero mero. Quiero mero, he repetido tres veces en mi cabeza y en silencio, hasta que me he decidido y en voz alta he dicho: "Quiero mero".
Pero al ver sólo un filete he añadido: "¿Te queda más mero?".

Es muy importante dirigirte a la chica como si fuera la dueña de todo el pescado del mundo, lo he visto otras veces. Tienes, te queda, me pones. Etc.

Se ha metido en la trastienda y ha sacado una decena de filetes de mero. Ella me mostraba sobre la palma de sus manos dos trozos medianos y me preguntaba cual quería. Mierda, he pensado, ahora encima tengo que tomar una decisión rápida, ¿Y mi lateralidad? ¿Qué hay de mi lateralidad? Soy libra, ¿alguien lo tiene en cuenta? No.
De forma rotunda he dicho "2 grandes". Así, así, he pensado, que se note que tengo las ideas claras, mejor grande que pequeño.

Casi no me ha dicho ni adiós. Creo que le caigo mal. Pero si no me conoce. Pero le caigo mal seguro. Pues no sé por qué. Allá ella. Ella se lo pierde. Podría tener mi más sincera amistad, podría invitarla al cine, podría dejarle libros, podría grabarle todos mis discos, pero no... ahora soy yo la que no quiere.

Trucos




A mi madre le han sacado tres muelas, apenas puede comer y hoy se ha pasado casi todo el día mustia, como una flor de invernadero. Eso me ha hecho pensar en las cosas que nos quitan, las que nos arrebatan sin permiso o las que simplemente nos dejamos arrebatar. Hay personas y cosas que son como las muelas, que te las quitan y las echas de menos unos días, porque te duele el hueco que han dejado, pero luego es un alivio. Un verdadero alivio, no te servían de nada. Mejor desprenderse de ellas.

He imaginado a Sofía en su trabajo, hablando con los que la rodean, haciéndose la seria y la formal. Y luego he vuelto a pensar en el tema de las muelas. No quiero que me la quiten, desprenderme de ella me parece algo tan trágico como un huracán en mi cocina. Muelas necesarias, muelas innecesarias.

Me he sentado al piano con los ojos fijos en las partituras. Debo repetir los ejercicios 21 veces. Me lo recuerda Sofía, que quiere que sea disciplinada. Pero entonces me sale el lado salvaje, me levanto del piano y salgo a la calle. Arranco el coche y me escapo a buscarla. No he llegado al ejercicio 21 pero tengo algo que debo proteger para que no me sea arrebatado.

Estoy pensando en darle un giro a mi podcast, pero aún no se me ha ocurrido nada. También tengo que solucionar como voy a seguir con lo de las notas subterráneas ahora que ya no voy en metro. ¿Notas aéreas?


Qué rabia da amar

Amo tu casa. El pasillo porque es cortito y aún así enciendo la luz, la habitación donde dejo mi ropa todo el fin de semana, la cocina, el balcón, el lavadero con la caldera rugiendo, el cuarto de baño, el comedor con los cuadros apoyados en el suelo, la habitación con la cama que siempre llega a la meta. Amo tu ropa. Los vaqueros gastados, las camisetas, las blusas, la cazadora marrón, los zapatos, tus braguitas tan pequeñas, el pijama. Amo las cosas que tocas. La toalla, los cojines, la almohada, las sábanas, la manta. Amo todo lo que cocinas, me parecen supremos tus bikinis, tus macarrones y tu salmón. Amo desayunar contigo, las tostadas, el café, la música, sin periódicos. Amo tu trabajo, tu maletín, tus bolígrafos. Amo tu cuerpo y mirar como te mueves. Amo comer contigo con la televisión apagada y hablando de cosas que no entiende la otra gente. Amo sentirme así de exclusiva. Amo salir de noche contigo, bailar canciones ridículas, que bebas, que te marees en el coche, volver a casa, abrir la puerta. Cerrarla. Amo que cuides tan bien de mi avioneta, que la mimes como a un perro. Amo bailar un poco a solas mientras te duchas. Amo tocar tu guitarra. Amo planear donde poner mi piano en tu casa. Amo ir al teatro contigo, todas las obras son fantásticas. Amo pasear juntas y entrar en todas las tiendas de ropa, amo pasarme el día pensando en ti. Amo que solo compremos en el supermercado del corte inglés, amo elegir contigo la leche y el vino. Amo tus fotos de adolescente con tus amigas del instituto, amo tus historias de la universidad, amo hasta a tus exnovias, amo tu pelo, ver el mundo a través de tus rizos, bucles interminables, montañas rusas. Amo que la ensaladilla sea rusa y la tortilla francesa. Amo todo lo relacionado contigo. Amo tus ojos verdes, tus labios gruesos, tu nariz, tus pómulos, tus pestañas kilométricas.