domingo, octubre 28, 2012

¿Seré una robot adoptada y nadie me lo ha dicho?




Siempre me ha costado mucho demostrar que no soy un robot. Esta mañana, hasta seis veces lo he intentado. Frente a los campchas, a menudo soy incapaz de distinguir una i mayúscula de una l minúscula. Tampoco sé si va espacio entre la palabra y el número. ¿Estas dudas son indicadores de algo?

Captcha o CAPTCHA son las siglas de Completely Automated Public Turing test to tell Computers and Humans Apart (Prueba de Turing pública y automática para diferenciar máquinas y humanos).
Se trata de una prueba desafío-respuesta utilizada en computación para determinar cuándo el usuario es o no humano.

(Wikipedia dixit)

Yo me siento muy blade runner leyendo esto. La palabra humano y máquina en la misma frase con el verbo distinguir de por medio es comparable a ver naves en Orión . Y me pregunto, el número de la fotografía de arriba, ¿los jumanos somos capaces de distinguir ese número? ¿Hay algún jumano en la sala que lo distinga? Me planteo si es que la prueba es al revés: si eres humano, no distingues el número.



martes, octubre 23, 2012

Confieso un secreto el día en el que mi blog cumple 9 años


Este post se puede escuchar porque es un audiopost.



El año pasado me compré una fiambrera de acero inoxidable que mantiene el calor. Esto ya lo sabéis. No puedo usar una de plástico porque en mi trabajo no nos dejan calentarnos la comida en el microondas. No sé si están vulnerando algún derecho del trabajador porque tampoco nos dejan tener representante sindical. Microondas + representante de los trabajadores = peste.

Siempre he querido comer en casa al mediodía, pero jamás lo he conseguido. Es mi pequeño sueño sin cumplir. De pequeña no podía porque mis padres trabajaban y tenía que quedarme en el comedor del colegio (ya lo expliqué el 22 de noviembre de 2006). Ahora que tengo 34 años recién cumplidos,  tampoco puedo volver a casa a comer porque mi lugar de trabajo queda demasiado lejos.  Por eso, mi fiambrera es más que un recipiente para conservar los alimentos calientes; mi fiambrera es un pedazo de hogar enfrascado y templado. Extiendo una servilleta de hilo que hace de mantel. Coloco los cubiertos a un lado. Abro la tapa. De dentro sale mi mamá, que me ha venido a buscar por sorpresa al colegio, tan guapa como siempre, con su traje de chaqueta y sus tacones, y me lleva a comer a casa mi plato preferido: macarrones gratinados. De dentro sale mi novia, la detective Carol Blenk, que me espera en casa para comer, con una copa de vino blanco, un cigarrillo en los labios y una tapita de aceitunas. De dentro sale mi amigo Ike, que me lleva a Lisboa a comer sardinas en pleno barrio de La Alfama. Mientras, hablamos de la vida y de aquel verso de Pessoa: viajar, perder países, ser otro constantemente. De dentro salen mis amigas Gema y Chelo de Madrid, que me invitan a comer en su casa, a la que puedo llegar en bici cruzando el Retiro.

Si se enteran de que mi fiambrera no es únicamente un recipiente de acero inoxidable para conservar mi comida caliente. Si se enteran de que gracias a ella sueño, me alimento, recuerdo y viajo, el siguiente paso será prohibírmela. Así que esto es lo más parecido a un secreto.

Para mañana tengo lomo adobado. Mientras lo freía he tenido un "momento Proust con sus madalenas": el olor del lomo me ha llevado hasta la fiesta hippie de Sant Francesc de Formentera. He vuelto a saborear aquel bocadillo que nos jalamos en la plaza mientras sonaban los Doors y que olía tan bien. Mañana, a las 13:30, abriré la tapa de mi fiambrera y estaré en una isla.




domingo, octubre 07, 2012

Localización

Llegan hasta aquí los gritos de la gente que hay en el bar de la esquina viendo el partido.  Y yo estoy muy lejos escuchando a Anna Calvi casi en la oscuridad. No la cambio por ningún gol. Si algún GPS intentara localizarme le daría error, entraría en bucle y explotaría.






domingo, septiembre 30, 2012

¡Anna Calvi es lesbiana! Qué alegría, por Dios.





Fue decir otoño y ponerse a llover. Fue decir Madrid y que me regalaran pasar allí el fin de semana de mi cumpleaños, que será en octubre. Fue decir Anna Calvi y que sea lesbiana. Hace un rato le decía a Carol que me importaba un pito todo si podíamos querernos y tener una casa para hacerlo. Y todo está muy mal, muy mal, muy mal, pero es que me agoto leyendo la prensa, escuchando la radio, viendo el telediario e intentando entender Así que yo, ahora mismo, me agarro al salvavidas del amor. Cuando no pueda hacerlo, ya me las apañaré.
Tengo un plan y se basa en el aislamiento. Individualismo puro.
1. No estar informada.
2. No hablar con nadie de nada que tenga que ver con política y/o economía.
3. Relacionarme sólo con quien me apetezca.
4. Escuchar mucha música y hacerla.
5. Ir a la biblioteca y encontrar algo bello.
6. Seguir haciendo Taekwondo y aprenderme todos los nombres en coreano.
7. Ir al gimnasio cada día a pasar el rato y a meterme en el jacuzzi de los vestuarios.

Creo que siguiendo estos pasos puedo conseguir mi objetivo, que no es más que alcanzar un estado de despreocupación absoluta.



martes, septiembre 25, 2012

Volviendo a ser, reser

Vuelvo a desconfiar de las personas. De las personas, en general. Hay excepciones, por supuesto.

Creo que lo malo de la desconfianza es que no puedes ser tú misma, no te atreves a lanzarte. En las clases de Taekwondo practicamos la confianza... por ejemplo, cuando estiramos la espalda en pareja y sabes que el único punto de apoyo para no perder el equilibrio es el brazo de tu compañero. Pero fuera del tatami, la gente suele dejar el brazo muerto, y si te la pegas, luego te las apañas cómo puedes. Y es entonces cuando empieza la desconfianza.

Así que voy a volver a establecer límites. Y voy a volver a ser un poco intolerante con según qué cosas y qué personas. Es necesario decir "no" sin miedo a las consecuencias. Todo este rollo sólo lo entiendo yo, lo sé.

Tengo muchas ganas de volver a Madrid contigo, de que sea otoño de verdad, con un poco de frío. De llevar chaqueta y de escuchar canciones nuevas.


domingo, septiembre 16, 2012

Descubrí a alguien que tenía un plan A





Durante el mes de agosto no hallé un método para mí, pero sí encontré a alguien que tenía uno y que lo seguía religiosamente. La observé durante varias semanas. Coincidíamos en la playa a la que suelo ir en agosto. La mujer del método, de mediana edad –a saber qué quiero decir con eso–, morena, pelo largo, cuerpo cuidado, siempre estaba en el mismo lugar, con la misma toalla, la misma sombrilla a juego, la misma bolsa y la misma marca de cigarrillos. Lo único que iba cambiando era el libro que leía y su biquini. Jamás la vi tumbarse bajo el sol ni consultar el móvil, únicamente leía y leía bajo la sombrilla. Estaba más que bronceada. De vez en cuando se levantaba y, sin alejarse demasiado de la orilla, se quedaba un rato de pie y dirigía la vista hacia el horizonte. A veces nadaba un poco, pero no siempre. Luego volvía a su campamento base, se fumaba un cigarrillo y seguía leyendo. Llevaba un cenicero de playa. No entiendo a la gente que deja colillas en la arena, ¿no les da asco? A mí sí. La mujer metódica hacía exactamente lo mismo cada día. Y además, siempre estaba en el mismo lugar, nadie le quitaba sus cuatro metros cuadrados de playa. Creo que hubiera sido para ella una especie de contratiempo llegar un día y tener que cambiar de rincón. Se marchaba siempre a la misma hora, a las 14:30. No me gustaba ni me atraía físicamente, pero me llamaba la atención su forma de actuar. Y me daba miedo. Transmitía calma, serenidad, orden... ¿Y si un día alguien destrozaba su plan?

Una mañana me fui temprano a nadar la playa. Eran las 8:15. La arena estaba vacía. Un hombre ordenaba un puesto de hamacas. Un chico con pinta de ruso y de llamarse Serguei corría. Una señora inglesa paseaba. El socorrista estiraba. Mientras me ponía las gafas de nadar llegó la mujer metódica y montó su campamento: la toalla rosa, la sombrilla con rayas del mismo color que la toalla, la bolsa a juego y el paquete de cigarrillos. Siempre estaba en el mismo sitio porque era la primera en llegar a la playa. Me miró pero no nos saludamos a pesar de ser las únicas que estábamos allí. Me hubiera gustado preguntarle a qué se dedicaba, si era de la zona, cuántos libros se había leído ya, si le daba pena que se acabara el verano.

Cuando Carol Blenk volvió de su retiro espiritual –qué largo se me hizo– , en cuanto  pude la llevé a la playa a enseñarle a la mujer del método. Ella también la observó y me dijo que, probablemente, habíamos dado con  "una sola".