Ayer me pinté las uñas de azul piscina.
Hoy he estrenado un bikini azul ultramar, satinado.
He bajado a la playa con mi bici nueva, que es como la que tenía antes (me la robaron) y la verdad es que me causa cierta satisfacción haber conseguido otra igual. A pesar de ser domingo, y de que eran casi las once ya, en la playa no había tanta gente como esperaba.
He estado leyendo El Descontento, de Beatriz Serrano, bajo la sombrilla. Lo he mojado un poco sin querer porque en cuanto me secaba, me iba a nadar hasta el espigón y volvía para continuar leyendo.
He visto algunos peces, de los que se ven aquí. Unos peces nada sofisticados, sencillamente "peces". Un hombre ha dicho que eran Sargos y Doncellas, me han parecido nombres de cuento.
Ayer estuve en la piscina porque después de una tormenta no se puede ir a la playa hasta pasados dos días. Es algo que se sabe. He mejorado mucho mi técnica gracias a las clases de natación y creo que voy a continuar en septiembre. Disfruto de la hora de clase y además me olvido de las preocupaciones, si las tengo, porque solo debo concentrarme en los drills que me manda hacer Raúl. Me gusta escucharle gritar mientras nado "Muy bien, muy bien!", "¡no levantes tanto la cabeza!", "¡una piscina más!".
Desde la cocina, oigo cantar al vecino del segundo, el que es frutero, canciones que jamás esperaría de él. Le oigo entonar a todo pulmón "...uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida..."
¿Adonde volvería él? ¿Adónde volvería yo?
Cada día se puede volver a algo que te haga amar la vida.