Esta mañana he estado en la piscina. Una hora y cuarto nadando (he compartido carril, en algún momento) y tres cuartos de hora leyendo en el jardín, primero al sol y luego bajo la sombra de un árbol. He sido feliz, una felicidad muy pura que no necesita billetes de avión ni rutas salvajes ni aguas cristalinas en el Mar Egeo.
La novela que llevo estos días arriba y abajo está sobreviviendo a todas las inclemencias del verano: arena, agua de mar, cloro y sudor. Y temperaturas muy altas.
Ayer estuve en la playa con mi madre. No pudimos ir a la que yo quería porque ya no se permite el paso en coche, y andando estaba muy lejos para ella. Nos quedamos en otra que no me gustó tanto, pero pude volver a ver a mi madre disfrutar del mar. Eso también me hizo feliz después de este año tan duro para ella.
Estos días estoy comiendo higos. Tan carnosos y dulces, y ese color tan bonito y vivo, pero es tan corta la temporada de higos...
He vuelto de la piscina por las calles estrechas y he contemplado las fachadas antiguas como si no las conociera, y sus colores ocre, vainilla, terracota, rosa asalmonado... No entiendo por qué las fachadas de los edificios nuevos son tan aburridas, tan simples, sin alma.
He pensado en Roma, en El Cairo, en Naxos y en Formentera.
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