miércoles, marzo 16, 2011

un par de cosas claras

Mido 1'64 o 65, nunca me acuerdo, me gustaría no olvidar ciertas cosas. Peso 57 kg esta noche y tengo un morado en la pierna recién hecho, una patada en toda regla que me han arreado hoy en la clase de Taekwondo. Las protecciones y los petos no cubren lo suficiente, siempre se recibe en combate. Me pasa en el gimnasio y en la vida. Que voy muy chula lanzado ap chaguis pero siempre me las devuelven en el contraataque.
Estoy que me gustaría saber donde estoy.

domingo, marzo 13, 2011

De agosto a marzo van siete meses



Aquella caída en moto fue el inicio de una carta de amor; y todo lo que vino después, una declaración o una cajita negra con una anillo dentro.

Vi como el agua del grifo se llevaba la sangre; vi tus lágrimas y me vi reflejada en el espejo, cuidándote. Un par de horas más tarde, bajamos cojeando a la playa.

Finales de agosto, aquella brisa de la isla, cuando el sol se marchaba a las nueve. Y me di cuenta de que te quería y de que tenía que decir un taco, joder. Si tiene que salir bien, que sea contigo.

Ahora, en marzo, la samba siempre es triste y alegre, ¿por qué? Tomamos un Spritz en una terraza con las gafas de sol puestas. Me preguntas, ¿te gusta mi ciudad?, te contesto, sí. Y cierro los ojos para recordar el mirador de Santa Lucía con mi amigo Ike, aquel día que veneramos los tejados de La Alfama como si nos hiciéramos el mismo tatuaje.

martes, marzo 08, 2011

Los preludios de Wagner y calentar leche sin microondas




Hace dos días que no uso el microondas para calentar leche; lo hago en un cazo sobre el fuego. No hay ninguna razón pero, quien sabe, este cambio de hábito podría ser el interruptor de un complejo mecanismo.

Algo imparable sube desde el centro cuando empieza a hervir. Parece que se resista; sin embargo, está intranquila, como si llevara varias noches insomne. Esperando, esperando, esperando. Hay que prestar atención: si te descuidas un poco se pega. Es asqueroso que la leche pueda quemarse como un simple trozo de carne.

A las siete empezará Parsifal. Saldré en busca de la emoción del año pasado al escuchar el preludio del primer acto de Tristán e Isolda. Desear que algo se repita es peligroso. Si Wagner no me conmueve tanto como aquella noche, será como salir de caza y volver sin nada. O peor, volver con un disparo en el brazo y algún perro herido.



domingo, febrero 27, 2011

Mi madre de ahora es la misma de antes




Esta mañana he llamado por teléfono a mis padres. Ha saltado el contestador porque no estaban. Yo esperaba escuchar esa voz masculina entre persona y robot que graba el mensaje de todos los contestadores automáticos. (Bueno, la verdad es que ni lo esperaba. Esperar es demasiado importante. Sencillamente, la voz desconocida era algo que iba a oír porque así había sucedido todos los demás días que había llamado a casa y no había habido nadie.)

Pero hoy, la voz del contestador era otra, no era la programada por la compañía telefónica. Era la de mi madre. Ha sido extraño. Al escucharla, inmediatamente me ha recordado a ella pero como si fuera otra persona, otra madre, mi madre de hace tiempo. Voy a aclarar que es la misma que la de ahora, pero a veces se me olvida… Mi madre de ahora es la misma que cruzaba la Meridiana todas las mañanas, como a caballo, para llevarme al colegio, y la misma a la que yo deseaba ver aparecer con todas mis fuerzas en la puerta del colegio al mediodía. Pero esto no sucedía a menudo porque yo era una alumna fija en el comedor. Eso sí, mi madre llegó a una acuerdo con dirección y a mí me llamaba transeúnte, no fija, porque no quería ser fija, no quería ser de los que siempre se quedaban a comer. Así que me llamaban transeúnte, pero era fija. (Esto ya lo conté hace tiempo, fue durante aquel viaje en avioneta para salvar a un cachorro de lince.)

Mi madre siempre grababa los mensajes del contestador automático. Ningún niño de mi clase tenía uno en su casa. Yo sí. Era un aparato con dos cintas de cassette, en una se registraban los mensajes de las llamadas recibidas y en la otra el mensaje que contestaba. Mi madre los grababa con una voz muy bonita y clara, transparente, como si pudiera escurrirse entre los dedos de unas manos puestas en cuenco. Una vez, y lo recuerdo bien, yo toqué la guitarra de fondo en uno de esos mensajes. Se escuchaba la voz de mi madre y la música de mi guitarra a lo lejos, acompañándola.

Yo sé cuando mi madre cruzó un puente y se convirtió en otra madre, que es la mía igualmente, pero distinta. A pesar de todo, aquellos días nos reíamos mucho juntas. Sobre todo por las mañanas, cuando nos despertábamos a las nueve y decíamos que era una hora ideal para abrir los ojos y que, seguramente, era la hora en la que la Naturaleza, con mayúscula al principio, había decidido que el ser humano se despertara. En mi casa siempre se ha funcionado a base de teorías inventadas. Alguna de las rutinas de entonces era llevarla al hospital a hacerle las curas diarias –no recuerdo el nombre de la enfermera pero era maravillosa, era nuestra salvadora– o llevarla a la sesión de quimioterapia. El caso es que, a pesar de todo, eran días luminosos y en el Paseo de Gracia el sol era arrollador. Aprendí a conducir durante esos meses, me hice una experta al volante. Esa es la verdad.

Supe que se iba a curar una noche, tras un sueño. (Ahora viene cuando explico el sueño y la gente se lo salta, porque mira que es aburrido que te expliquen un sueño....) Soñé que yo iba en un barco que estaba en medio de una tormenta brutal y que tenía mucho miedo porque las olas cada vez eran más grandes. Justo cuando creía que no iba a aguantar más y me iba a caer al agua, mi madre, como una aparición, me decía muy serena y tranquila: “No tengas miedo, que ya se ve el puerto.” Y era verdad, se veían unas luces a lo lejos. Ha sido el único sueño en el que he creído verdaderamente.

Así que, resumiendo, que me estoy enrollando una barbaridad, cuando he escuchado la voz de mi madre esta mañana en el contestador, he comprendido que era ella, mi madre de siempre, la de ahora y la de antes, como las canciones de la radio. Me he emocionado tanto que he vuelto a llamar para volverla a escuchar y, sobre todo, volver a reconocerla.

domingo, febrero 20, 2011

No perder lo importante




Hoy he mirado por la ventana mientras hablaba por teléfono y he pensado que cada cierto tiempo cruzamos un puente y nos convertimos en otras personas. Hasta que no llegas al otro extremo no vuelves a reconocerte. No pierdas lo importante en el camino, Paola.

El dibujillo es mío.

Me voy a leer "Novecento" de Alessandro Baricco. Calculo que en una hora lo habré acabado. Tampoco es cuestión de calcular, ya, pero bueno, y qué pasa si calculo.

Empieza así:




miércoles, febrero 09, 2011

La fortaleza de los pijamas


Tengo un pijama que siempre me hace reír. No puedo remediarlo, es verme con él en el espejo y troncharme. ¿Cómo pude comprarme un pijama tan ridículo? Un oso que se rasca el culo mientras mira una libélula y dice "hello, little friend". Lo peor es que en su momento no me di cuenta de nada, ni del oso, ni de la libélula, ni de que se rascaba el culo.

Cada día paso en coche por una calle levantada, en obras. ¿Qué estarán haciendo? Nunca sé qué hacen los obreros exactamente. Pero un buen día todo vuelve a su sitio. En la esquina hay un bar de esos con el letrero de la Coca-Cola, un bar de barrio con nombre de saga, "Gallegos 2", por ejemplo, y me pregunto si existirá el "Gallegos 1" y donde estará. Todo esto es en serio, a pesar del oso que se rasca el culo. Justo encima hay un bloque de viviendas. En el balcón del primer piso siempre hay ropa tendida. Una camiseta, un pantalón y un pijama de alguien que tendrá una vida similar a la mía o totalmente distinta. Que dormirá más o menos siete horas. Por debajo de la ropa se arrastran los autobuses llenos de gente. Yo espero en el semáforo. El pijama desconocido sigue allí, suspendido sobre la nube de polvo, sujeto a un cordel gracias a unas pinzas diminutas.

Me siento a salvo, es lo más parecido a un milagro.