viernes, septiembre 11, 2015

Un invitado especial





No vamos a poder escapar, Carl. Esta vez no miraremos hacia otro lado.

Tampoco podremos luchar para mantenerlo alejado del bosque ni de la ciudad,  siempre acaba entrando.

Hay puertas mal cerradas, rendijas, ventanas, campo abierto, demasiados árboles.

Propongo invitarle a desayunar. A comer. A cenar. Vamos a decirle que se quede, porque es lo que quiere. No va a parar hasta que lo consiga. Cuando nos acostumbremos a su incómoda presencia, se irá.

Propongo que volvamos a casa, cada uno a la suya, que dejemos de escondernos en el bosque. Propongo que el dolor sea nuestro huésped. Nuestro invitado. Hasta que se canse.

Prohibido gritarle. Prohibido envenenarle la comida. Prohibido tratar de encerrarlo en el armario de los trastos. Prohibido emborracharlo en fiestas para ver si podemos salir corriendo en cuanto no nos vea.  Prohibido ponerle otro nombre.

Cuando llegue le liarás un cigarrillo y le servirás una taza de café.  Yo le haré las preguntas.  ¿De dónde vienes? ¿Por qué estás aquí? ¿Hasta cuando te quedas? Todo eso que queremos saber sobre el dolor, Carl.

Probablemente no nos conteste. No suele decir ni mu, por lo que yo sé no le gusta hablar demasiado. ¿Sabes? Es como tú. Es mudo. El dolor es mudo.

¿Carl?





miércoles, septiembre 09, 2015

Otra persona

Acabo de perder un amor. Bueno, ya estaba perdido, pero siempre hay esperanza hasta que te dicen "estoy con alguien". Otra persona. Con ojos, orejas y labios. Y una vida. Una profesión. Una voz. Otra persona. Cuando te dejan de querer es como si se murieran sólo para ti y siguieran viviendo para otros. Para otras personas. Es como estar a los pies de una noria luminosa, pero sin ticket para subirte en ella.

Otras personas. Con manos, cuello, pies, ideas, palabras. Otras personas. La complejidad de las personas. Con infancia, como yo. Con alguna manía, como yo. Otras personas.

Acabo de recordar que hace una año quería casarme.

Por otra parte, ya no es necesario que mande mensajes en código morse.

He despertado a Carl en cuanto me he enterado de la pérdida. He agradecido que sea mudo, para que no pudiera decirme tonterías como "ella se lo pierde", "ya conocerás a alguien", "tú eres maravillosa". Osa, osa. Otra persona. Carl se ha limitado a darme pañuelos de papel y ha encedido una hoguera mientras yo le daba patadas a un pobre tronco del bosque. Son las dos de la madrugada. Quién no se haya sentido alguna vez así, no es persona. Otra persona.

Esta mañana he estado nadando en la playa. La he nadado toda y luego he vuelto. ¿Cuánto mide la playa? ¿Un kilómetro? No me canso de nadar. Me canso de otras cosas, pero no de nadar. En la playa había otras personas. Todas esas personas.

Estaba inquieta. La luna llena siempre trae algo que estaba escondido. Lo saca a la luz días después. Sentía una tristeza pero no sabía de donde venía. Había recaído, incluso, en viejos malos hábitos. No se puede confesar la tristeza, la gente huye como de una enfermedad contagiosa. Menos Carl. Que es un valiente sin palabras. Nos volcamos con los males de los órganos vitales, pero no con los del alma. Es un sálvese quién pueda.

Vuelta a empezar. Carl me está mirando. Intenta hacerme reír. Me abraza torpemente. Temo que esto le afecte. Que esto descompense el equilibrio que habíamos encontrado en el bosque.

Tengo viajes pendientes a la ciudad. Es donde sigue la rueda de la vida. Los planes de presente, los planes de futuro. Todo eso que ahora parece una distracción absurda.

Carl se está quedando dormido. Tiene 21 años. Pobre chaval. Pobre persona.



sábado, septiembre 05, 2015

Página doblada: lo indispensable




Lo indis-pensable


HAN PASADO ALGUNAS SEMANAS desde la última vez que hablé. Me he acostumbrado al silencio, en parte por Carl (luego hablo escribo sobre él, o mañana). He logrado reparar la avioneta gracias al curso How to Fix your Plane. Muy bueno, lo recomiendo al 100%. Vale la pena, en serio. Si alguna vez os halláis en la situación en la que yo estaba –estrellada y perdida– me escribís un e-mail y yo os doy el contacto. Así de simple.


Se encienden los motores de mi avioneta y puede volar. ¡Ya puedo irme a mi casa! Sin embargo, me siento tan a gusto en el bosque que me ha tocado, que he decidido quedarme a dormir en la cabina durante un tiempo. Aquí las noches son límpias, huelen a jazmín silvestre. Casi no echo de menos a nadie. En parte porque estoy trabajando mucho.

De vez en cuando bajo a la ciudad a conectarme  porque estoy colaborando en el proyecto Sherlock Holmes and The Internet of Things y necesito comunicarme con mis compañeros de equipo, los
221B - Baker Street Team. No nos conocíamos de nada hace tres semanas, pero ya tenemos un código común de bromas varias. Nos coordinamos muy bien, incluso viviendo en distintas granjas horarias. Con gallinas, vacas, minutos, horas, todo eso.

A Carl le conocí en el bosque un día que descubrí que había una playa cerca. Tiene 21 años. Es mudo y  un chico increíble. Lo dice todo sin palabras. Nos miramos y ya sabemos todo lo indis-pensable. Nadamos juntos hasta agotarnos. Sin connotación sexual. Su accidente fue haciendo parapente. Por las noches jugamos a poker apostando paraguayos, hojas de laurel y latas de atún. Es mi amigo y nos sobran las palabras. Pero en el fondo, ambos anhelamos tener un amor no unilateral. Queremos un amor de doble dirección. Yo te quiero a ti y tú me quieres a mí. Parece sencillo.


Me pica el cuerpo. Creo que tengo una alergia. 








martes, agosto 11, 2015

Lentificar existe





Los viernes no tengo clase, tampoco los findes. Por eso decidí irme tres días a las casa del videoclip musical. Ha cambiado un poco desde la última vez.

Ya no tiene música. Es un videoclip silencioso. Tampoco hay bañeras con luz de atardecer ni miradas selva. Ahora es un lugar para dejar brotar todo lo que se ha plantado. Para darse un chapuzón en la playa por las mañanas y nadar a contra corriente. Para disfrutar de la soledad.

La casa del videoclip mudo no está en ningún lugar. Bueno sí, está en ningún lugar de hecho. Facebook no localiza ese ningún lugar y por lo tanto no puedes decir "he estado aquí con mi amigo Salomón". A nadie le importa lo que has hecho en la casa del videoclip. A nadie le tiene que gustar.

Pero yo lo voy a contar. Estuve leyendo el guión de "Persona". Apenas recordaba la película, únicamente algunos detalles. También bebí vino blanca. O sea, blanco. Encendí algunas velas. Traté de contar estrellas. Agradezco seriamente al cosmos, también conocido como universo, poder hacer todas esas cosas en calma, con paciencia. Escribo, imagino, toco. Estoy ahí.

Como no deja de ser un videoclip, hay lugares en los que vas como a cámara lenta, y es una cosa que me fatiga, la verdad. Por ejemplo, en la cocina. Pereza infinita hacer unos espaguetti a la bolognesa así, me lentifica. O pasar la página de un libro y tardar tres segundos o que el flequillo rebote hasta cinco veces en mi frente cuando me siento en la tumbona. Voy a tratar de parpadear.

jueves, agosto 06, 2015

Cómo arreglar tu avioneta




Han dejado en el parabrisas de mi avioneta estrellada una propaganda de un curso. Harta de esperar un rescate en el bosque, he decidido apañármelas yo sola.

Siguiendo el río, he llegado hasta al mar. Y del mar, a la ciudad. En la otra cara del folleto había un mapa dibujado con las intrucciones necesarias para dar con el lugar. Me he plantado allí a las 11 de la mañana. El director de la escuela me ha atendido amablemente en su despacho. Es bajito y tiene las manos regordetas. Un amor.

Es un curso intensivo. Me han prometido que adquiriré los conocimientos necesarios para poder arreglar la avioneta.

De nuevo en la ciudad, con sus edificios, sus ventanas cuadradas y sus aparatos de aire acondionado, me he sentido feliz. Jamás pensé que un accidente me devolvería la vida.  He comprado salchichas, pan y fruta. También he estado en una ferretería. De vuelta al bosque, al atardecer, las he cocinado en una sartén que me han regalado con el cámping gas.

Bajo las estrellas enciendo mi linterna y escribo en mi cuaderno. Hacía tiempo que no me sentía tan alegre. Puede que hiciera un año.

Me pregunto si en alguna respiración se acordará de mí.

Quiero ser poeta. Y escribir poemas.