Tampoco podremos luchar para mantenerlo alejado del bosque ni de la ciudad, siempre acaba entrando.
Hay puertas mal cerradas, rendijas, ventanas, campo abierto, demasiados árboles.
Propongo invitarle a desayunar. A comer. A cenar. Vamos a decirle que se quede, porque es lo que quiere. No va a parar hasta que lo consiga. Cuando nos acostumbremos a su incómoda presencia, se irá.
Propongo que volvamos a casa, cada uno a la suya, que dejemos de escondernos en el bosque. Propongo que el dolor sea nuestro huésped. Nuestro invitado. Hasta que se canse.
Prohibido gritarle. Prohibido envenenarle la comida. Prohibido tratar de encerrarlo en el armario de los trastos. Prohibido emborracharlo en fiestas para ver si podemos salir corriendo en cuanto no nos vea. Prohibido ponerle otro nombre.
Cuando llegue le liarás un cigarrillo y le servirás una taza de café. Yo le haré las preguntas. ¿De dónde vienes? ¿Por qué estás aquí? ¿Hasta cuando te quedas? Todo eso que queremos saber sobre el dolor, Carl.
Probablemente no nos conteste. No suele decir ni mu, por lo que yo sé no le gusta hablar demasiado. ¿Sabes? Es como tú. Es mudo. El dolor es mudo.
¿Carl?





