Llevo unas semanas tocando cada tarde la guitarra. Desde adolescente, tocar ha sido una de mis evasiones preferidas.
He conseguido reconducir mis pensamientos y ya no son tan tristes como en los últimos meses. He tenido sensaciones nuevas, brillantes, sobre todo en instantes relacionados con el arte. Al contemplar un cuadro, una fotografía , al leer un poema o recordar un palacio de Venecia.
El sábado era Sant Jordi y estaban las calles llenas de gente. Sentí mucha alegría. Me sorprendió sentirla, no la esperaba. Alegría genuina, no un derivado. Alegría de repente, alegría como cuando abres una bolsa de patatas fritas y se rompe el envoltorio. Una alegría que me llenaba las pestañas, los dedos y la boca de algodón pegajoso y dulce.
El otro día leí o escuché, no recuerdo donde, que reinventarse es huir. Si es así, yo he huido muchas veces. ¿Y qué?
El sábado pasado sucedió algo muy curioso que me trajo, de algún modo, fantasía. Porque para aquellas personas que no lo sepan… yo, en 2022, lo que necesito es fantasía.
La historia empieza así.
Fue el sábado. Ese sábado tan esperado. Íbamos a tocar con un grupo conocido, en una sala a la que yo le tenía muchas ganas. Bueno, ese tipo de conciertos que tienen pinta de bolazo. Lo disfrutamos mucho.
Llegué a las pruebas de sonido la primera. Estuve un rato sentada en el callejón. Me fumé un piti. Vino el programador de la sala a buscarme y me enseñó el backstage y me dio las pulseritas para entrar y salir. Vinieron los demás, probamos, todo sonaba bien, nos relajamos un rato.
Voy a dar un acelerón porque es muy largo y yo ya no quiero ser novelista.
Resumen a fogonazos.
Empecé a hablar con una persona, a la que llamaremos L., que venía con el otro grupo, desde Pamplona, y que además conocía a un amigo mío aquí, en Barcelona. Esa fue la primera casualidad.
Conecté mucho con L. Me refiero a cuando empiezas a hablar con alguien y todo muy cómodo, divertido, natural. Me pareció una persona muy bonita. Hay personas que transmiten ese tipo de sensaciones luminosas y cálidas. Pero… y aquí viene lo bueno: luego, durante la semana, hablando por instagram, descubrimos que también nos habíamos conocido en otra noche de hace 17 años, en ¡Madrid! y… la fantasía no acaba ahí porque mantuve durante años una relación de amistad a distancia consu hermana, precisamente a través de este blog, hace muchísimo tiempo, tanto que todavía existían las llamadas perdidas, durante aquella vida que ahora, con el tiempo, es como una nube de azúcar de algodónrosa en un parque de atracciones.
Me pareció preciosa toda esa casualidad que se inicia tras las pruebas de sonido de un concierto.
Las casualidades son frágiles porque cualquier gesto insignificante, cualquier desvío, traspiés, cualquier metro más allá, pueden impedir que sucedan. Esa casualidad fue como abrir una puerta para pasar del pasado al presente que entonces era futuro. Fantasía.
Me he protegido tanto tras estos últimos años que dentro de mi armadura hay eco. Quiero sentir, sentir mucho, tanto como antes, sentir hasta fundir la capa de hierro.
Por primera vez, en todos estos años, se me ha olvidado la contraseña del blog. Tal vez sueñe con todas las contraseñas olvidadas una noche de estas... y lo digo porque últimamente sueño con personas del pasado, que vuelven, se aparecen. Me refiero a esos enamoramientos que me han marcado. Contraseñas en forma de persona. No sé si es porque, con el tiempo, me he dado cuenta de la cantidad de veces que he hecho el imbécil por amor. Esos sueños vienen a corroborármelo, o todo lo contrario, porque no son pesadillas. Suelen ser noches emocionantes, vibrantes, algo confusas, en las que tengo emociones que, ahora mismo... pues no, ahora me he vuelto racional, responsable e incrédula. La puerta de ruido en mi editor de sonido "sentimental" está al 80% y pierdo muchas frecuencias. Puede que la mascarilla sea una buena metáfora de eso, también.
No me enamoro de personas que no me convienen. Ni vivo historias locas. Ni hago el imbécil. Ni escribo poemas, solo canciones pero nunca descarnadas. Toda esa practicidad también ha hecho que pierda el gusto por la fantasía, como lo definí el otro día con R. La fantasía como ese algo que te hace creer en cosas que tal vez no sean, o sí.
Mis kamikazadas por amor, hechas en esos momentos de confusión mental absoluta, son de película mala o muy buena. Depende de cómo se mire. Depende de cómo se cuente. Podrían ser un capítulo de relleno o un largometraje. Aunque, ¿existen ahora capítulos de relleno? Tengo la sensación de que tanto en la ficción como en la vida, todo va tan rápido, que no queda tiempo para relleno alguno. Como si todas las acciones estuvieran sumamente planeadas para conseguir algo. Más espectadores, más engagement, más seguidores, más escuchas, más oportunidades profesionales, más clicks, más me gustas, más visualizaciones, más conciertos.
A pesar de todas las tonterías, qué sinceras, qué auténticas fueron. Fantasía sin parangón.
Como en el sueño de hoy. He sentido una oleada de emoción al acercarme a ti (y eso que han pasado muchos años). Incluso te han hecho contrato indefinido (jaja la reforma laboral) y lo celebrábamos. Esos detalles ligados a las realidad me parecen muy divertidos.
En el sueño venías a buscarme y nos reíamos. Puede que ese fuera el objetivo.
Ahora que me siento feliz y nostálgica al mismo tiempo… Cuánto echo de menos Madrid por las tardes.
¿Pero qué importa? A quién le importa.
El sábado estuvimos haciéndonos fotos de grupo en el terrado. Recordé aquel año en el que todo me parecía triste (depresión) y descubrí que el terrado podía ser una puerta hacia otro momento. Pues bien, supongo que he tardado años en abrirla, pero lo conseguí.