En cuanto a los nombres, Frankenstein ya no quiere llamarse así y Natalia tampoco. Frankenstein pilló un cabreo monumental cuando se enteró de que ése era su nombre en mi libreta. Yo le recordé que lo había escogido ella misma- sí, aquél día en el cine- y que además estaba escrito, y las cosas escritas van a misa y amén. Pero la memoria de una niña de 8 años es más selectiva, incluso, que la de una de 28. Dice que no se acuerda de nada, de nada, de nada de nada.
Así que Frankenstein a partir de ahora se llamará Pirata. Y Natalia, hasta que vuelva a cansarse, será Caribe.
La piscina de la casa abandonada se parece a esas piscinas de invierno. Pero en este caso, se trata de un invierno muy largo que ha oxidado las escalerillas y que ha hecho saltar algunos azulejos de la parte menos honda.
Aunque abandonada, es una casa fantástica, eso sí. Con vistas al mar y con un jardín lleno de árboles estirando los pies a sus anchas. Justo en la puerta de forja que daba a la parte trasera, Caribe nos empezó a contar una historia. Caribe está en esa fase de "yo un día, ¿sabes qué?"... Una historia parecida a la de los Goonies. Bicicletas, una casa, un mapa, monstruos. Cuando Pirata y Caribe me propusieron entrar en la casa, sintiéndolo poco les dije que no me podía enrolar en una aventura así a estas alturas del verano, Sofía me está esperando para ir a Menorca y deseo muchísimo más ese tesoro que el que supuestamente esconde toda casa abandonada.
No sé si podré escribir en el blog estos días... así que me despido por si las moscas. Pasadlo muy bien.
