
Antes de irme eché una mirada a mi escritorio: en el contador de verano sólo quedaba una pechina. Parecía imposible que el verano fuera a volver. Mi contador no era más que una excusa para creer en ello. Parece mentira que la isla esté, de nuevo, tan cerca, como si se moviera de lugar en invierno y nadara hacia otras vidas. Otras vidas, ninguna es la mía. Pero la ilusión con la que inicié mi contador está como esos folios que a veces me entregan mis alumnos después de haberse equivocado mil veces. Que el plastidecor no se puede borrar, por mucho que digan. Deja marca. Me sacuden por dentro esos niños que escriben tan fuerte que atraviesan el papel con el lápiz, para, al fin y al cabo, equivocarse. Me reconozco en todos ellos.
Hoy le he preparado creps en el patio a una niña. Yo le untaba la Nocilla, ella lo enrollaba y se iba a jugar. Luego volvía a por más, después de marcar un gol o casi.
Y qué si la niña ha traído creps el último día. Le hacía ilusión. Yo no podía arrebatársela durante mi último patio del curso.
