martes, junio 21, 2011

Se aleja para volver




Antes de irme eché una mirada a mi escritorio: en el contador de verano sólo quedaba una pechina. Parecía imposible que el verano fuera a volver. Mi contador no era más que una excusa para creer en ello. Parece mentira que la isla esté, de nuevo, tan cerca, como si se moviera de lugar en invierno y nadara hacia otras vidas. Otras vidas, ninguna es la mía. Pero la ilusión con la que inicié mi contador está como esos folios que a veces me entregan mis alumnos después de haberse equivocado mil veces. Que el plastidecor no se puede borrar, por mucho que digan. Deja marca. Me sacuden por dentro esos niños que escriben tan fuerte que atraviesan el papel con el lápiz, para, al fin y al cabo, equivocarse. Me reconozco en todos ellos.

Hoy le he preparado creps en el patio a una niña. Yo le untaba la Nocilla, ella lo enrollaba y se iba a jugar. Luego volvía a por más, después de marcar un gol o casi.

Y qué si la niña ha traído creps el último día. Le hacía ilusión. Yo no podía arrebatársela durante mi último patio del curso.

sábado, junio 04, 2011

Tengo que madurar



Ahora recuerdo lo del puente y pienso qué gilipollas, con g de guarra. La advertencia estaba ahí: no pierdas lo importante al cruzarlo. Esto de meterme en la boca del lobo y luego salir gimoteando es muy mío. Tengo que madurar. Hacer eso que sale en las películas, que se ponen a estudiar, a entrenar o a trabajar sin pensar en nada más. Mientras, suena una de la canciones secundarias de la banda sonora.




Cuando se acaba la canción ya te has convertido en una persona mejor, pasas de ser Mourinho a ser Guardiola, el repelente. Menudo rollazo. Yo no soy del Barça. El otro día, cuando ganaron el partido, estábamos en el cine viendo "Pequeñas mentiras sin importancia", una película que vale más que cien celebraciones futbolísticas, al salir, pasaban los coches tocando el claxon y cantando. Una niña de unos 11 años iba asomada por la ventanilla, con medio cuerpo fuera, hondeando una bandera. Yo le hice un gesto y ella me miró en plan "Hemos ganado y vamos a celebrarlo contigo, desconocida, que pasas por la acera". Hasta que se dio cuenta de que mi gesto era hostil: era el del dedo que significa vete a la mierda. Se le cambió la cara. Pobre niña. Me supo mal. Entonces, su supuesto padre aceleró. Me refiero a estas cosas... estas cosas tengo que evitarlas. Carol me dijo que no lo volviera a hacer más, que podían romperme la cara.

Puede que en unos meses ya no vea los tejados desde mi ventana, el edificio que están construyendo lo impedirá. Me recuerdan a Lisboa. Pero sí seguiré viendo la casa antigua del fondo, la que podría estar en Venecia. Una ciudad por otra.

He salido a comprar a las ocho de la tarde, a la hora en la que en verano la gente, recién duchada, sale con el pelo mojado a la calle. Antes de salir de casa se miran el escote, los hombros y las mejillas, y se sienten satisfechos porque están bronceados. A mí también me pasa.

Hace algunos meses giré una esquina, el sol se escondía tras un edificio muy alto y una gaviota paseaba por la acera. Me fijé en ella porque todo lo que me ocurría era imprevisible, exactamente como encontrarme una gaviota plantada en la acera. Intuí que iba a pasarme algo, pero no supe si iba a ser bueno o malo.

Esta semana pasada volví a encontrarme con otra. Estaba encima de un coche gris devorando algo que había estado vivo porque tenía piel y sangre. Los empleados de una oficina observaban la escena mientras se fumaban un cigarrillo en la puerta. Aquella gaviota era una anticipación de esta otra. Lo que intuí ya ha pasado... y no, no puede decirse que haya sido bueno. Yo las conozco muy bien, las gaviotas pueden ser asquerosas si se lo proponen. Una vez creímos que las habíamos domesticado a base de darles comida todos los mediodías. Nos gustaba verlas volar en círculo y oírlas graznar cuando les tirábamos pan duro. Pero simplemente estaban aprovechándose de la situación. Una gaviota no es un perro fiel y tontorrón.

Aquí estoy, intentando, una vez más, meterme en la película, en la secuencia en la que vuelves a encontrarte.

jueves, mayo 19, 2011

Todos necesitamos una maestra y una herida

Soy vigilante en el patio. Soluciono conflictos y detecto peligros inexistentes para los niños. Yo he visto milagros allí. Cabezas duras y rodillas de hierro. Reflexiono mirando hacia el horizonte del patio. Son peces de distintos tamaños y se comen los unos a los otros. Me he acostumbrado al griterío, a esa masa uniforme de vocecillas salvajes. Aguas cristalinas. A veces se me acercan algunos accidentados y me muestran un corte de un milímetro en un dedo, apenas visible, o un golpe de hace una semana fingiendo que se lo acaban de hacer. Su preocupación es real, quieren ser atendidos. ¿Te has hecho daño? Déjame ver... Mmmm... pues no te toques. Si te duele no te lo toques. Mójate la cara y verás cómo se te pasa. Son frases que repito muchas veces a lo largo del día.

Pero para la maestra no hay remedio.
Lo que duele, mejor no tocarlo.
Lávate la cara todas las mañanas y vete.

viernes, mayo 06, 2011

No soy yo (2): El paquete de pan de molde que anunciaba el fin

Ha sido un día bastante tranquilo. Como es habitual, he entrado en el metro sin apenas salir de la cama; cuando escucho el despertador me tapo con la sábana y, a la vez, me subo en el metro. El trayecto se queda en una especie de ángulo muerto y no recuerdo cómo he llegado al trabajo ni si había mucha gente en el vagón... ni si estaba buena la de delante, ni si me ha mirado, ni nada de eso que la gente suele escribir luego en su blog. Por la tarde he ido al gimnasio. Ahora, acabo de hacerme un sandwich de jamón y queso. En el paquete de pan de molde pone ANTICRISTO en letras grandes y amarillas sobre un fondo rojo. Todo encaja. No quiero irme a dormir. No quiero pestañear. Me aterra cerrar los ojos y aparecer en el metro. Esto es el fin.


viernes, abril 22, 2011

No soy yo (1): El nuevo mundo




Había recorrido todos los continentes cómodamente, siempre durmiendo entre sábanas de algodón. Coleccionaba mapas de todos los lugares en los que había estado. Le gustaba abrirlos y colocarlos uno al lado del otro formando una cuadrícula nueva. Convertía cientos de kilómetros en centímetros y los océanos en una sombra azul, reordenando el planeta a su antojo. Jamás hablaba del mundo porque lo había desfigurado. No podía decirse que lo conociera.

jueves, abril 07, 2011

Cajas flotando en el agua




Me da por querer tocar la guitarra por las mañanas, justo cuando conduzco. Así que aparco un montón de posibles canciones para otro momento. Canciones que aún no existen y que me esperan por las tardes como un hogar. El martes creí que sólo me entendía Christina Rosenvinge. Y vuelvo a decirlo, el día que ella, Christina, envejezca, todos los demás ya seremos unos ancianos.

Lo que más me dicen estos días es que estoy radiante. Qué fatalidad, pero no voy a acostumbrarme. Se suele estar guapa por fuera cuando por dentro estás hecha un amasijo de hierros. Yo solo digo que a veces es verdad. Te conviertes en un laberinto y la gente se empeña en encontrar la salida.

El otro día vi a un entrenador de baloncesto haciendo unas declaraciones después de un partido. Ni idea de quién era, de hecho, no sé ni las reglas del juego. Pero noté que el entrenador tenía los ojos llorosos y pensé que quizás se había enamorado. ¿Cómo es el amor entre gigantes cuando tú eres el más pequeño?

Mi maestro de Taekwondo, tan oriental, tan elegante, siempre en equilibrio, un pozo de sabiduría, se tiñe el pelo para cubrir las canas. Ese tipo de debilidades, como estar a punto de llorar ante un micrófono, son las que yo salvo de entre todas las cajas que flotan sobre el agua.

Ya tengo la escaleta de mi novela hecha. Ahora, únicamente tengo que escribirla. Sigo sin ver claro esto de los narradores cuasi omniscientes... con lo guay que es escribir en primera persona.

"Guay" es la palabra que aprendí a los 12 años y que no me suelta.

Tengo una morenaza de ojos verdes a mi lado, una morenaza que me manda un mail para decirme que ha comprado pan de chapata –para hacernos un bocata de jamón– y fruta. Y todo lo demás qué importa. Bueno sí, hay una cosa que sí me importa, que mañana se casan dos amigas de las de verdad, a las que también salvaría de entre todas las cajas que flotan en el agua.