jueves, septiembre 12, 2013

1083. Volverán a buscarte


Esta canción de Radiohead me encantaba en su época. Supongo que estaba enamorada de alguien que no me hacía caso y yo repetía muchas veces la última frase. Pero ahora creo que no hay soluciones mágicas ni nadie que salve todos nuestros condicionales. Pero a veces está bien engañarse un rato y pensar que sí. Es como cuando te pones una tirita sobre un corte. Parece que te cura.


Radiohead - Fake plastic trees from musiclover on Vimeo.

Lo que más me llama la atención de los inicios de curso son las reacciones de los alumnos de infantil. Sobre todo los que entran con tres añitos.

Todos lloran muchísimo, o casi todos. Lo viven como un abandono. Los dejan en un lugar extraño, con un montón de niños a los que no conocen. No saben si van a volver a recogerlos o si van a quedarse allí para siempre. Son niños, no pueden comparar con otras experiencias, puede que no tengan ninguna similar. Se quieren ir, pero no pueden. Muchos se cuelgan la mochila –el único equipaje que conocen– y se dirigen a la puerta de la clase. Es algo así como "yo ya estoy listo o lista para marcharme, ¿a qué coño esperas para dejarme salir?". A los adultos también nos sucede algo similar cuando estamos ante una situación desconocida, o cuando perdemos algo o a alguien que nos sirve de referencia. Nos desorientamos un poco.

En esa especie de abandono no real, el niño suele buscar el apoyo de algún adulto. Buscan a alguien que les proporcione seguridad, que les diga "Volverán a buscarte".

Un niño de tres años, al que llamaré Ferran, ha sido mi sombra durante toda una hora. Lloraba muchísimo y sólo decía "mama... mama..." Yo lo he cogido de la mano y le he dicho que íbamos a dar una vuelta por el patio, que íbamos a explorarlo un poco. No me comprendía pero sí era capaz de captar el tono de mi voz, mis gestos. En la segunda vuelta al patio –que es una verdadera locura, algunos niños superan el trauma del primer día corriendo sin ton ni son, es su forma de inspeccionar el terreno, se paran, observan, te miran, se acercan a sus nuevos compañeros, los olisquean, los tocan, los retan, vuelven a llorar, etc.– Ferran se ha calmado. Me ha preguntado de nuevo por su mamá. Le he dicho que volvería más tarde. Le he cantado dos canciones. Le he acariciado la palma de la mano con los dedos mientras le cantaba y luego él me ha imitado y ha hecho lo mismo con la mía. Entonces se ha sentado en el suelo. Ya estaba tranquilo. Se ha acercado una niña y se ha sentado con él. Se han tocado el pelo. Se han mirado.  Sin que se dieran cuenta, me he ido al otro extremo del patio y desde allí los he observado. Ferran ya podía estar solo. 

La paciencia es tan importante. Si Ferran hubiera tenido la capacidad de saber que sólo tenía que esperar, no se hubiera pegado el disgusto. Con los adultos pasa lo mismo. A veces no somos capaces de esperar. No comprendemos que todo requiere un tiempo. Cuando tenemos un problema queremos acelerar la solución y a veces no es posible.  Yo me incluyo en el saco de los no pacientes, pero quiero trabajar esa virtud, la de la paciencia, porque me estoy dando cuenta de que es muy importante.  El tiempo es necesario. Quiero incorporar la paciencia a mi vida porque es el motor que hace que el presente sea lo que verdaderamente importa.

Estoy aprendiendo mucho este año y sé que me hará avanzar. O eso creo. Pero para aprender hay que equivocarse muchas veces y buscar la salida otras tantas. Puede llegar a desgastarte. Pero hay que tener paciencia.

Día bonito. El de mañana aún lo será más. Tengo algo así como una cita. He ido a la pelu y todo. Vale, me acabo de cargar todo mi discurso racional en dos frases.



miércoles, septiembre 11, 2013

1082. Ventanas





Edificio industrial con un corazón que pasa inadvertido mientras una chica morena habla por teléfono.



Estaban haciendo fotos dentro del corazón.

Ya he decidido en qué habitación voy a dormir.  Si luego no me gusta me cambiaré, pero creo que va a estar bien. En la otra voy a poner mis guitarras y un tocadiscos. Y una lámina de Cat Power. 

El viernes tendré mi primera invitada a comer. Compraré vino porque es especial.

Ya no me quiero hacer ningún tatuaje. Pero eso puede cambiar mañana. Pero quiero ir a la pelu. Por primera vez en mucho tiempo sé lo que quiero que me hagan.

Hoy he descubierto que las canciones no sólo te traen recuerdos de momentos vividos, también de sueños pasados. Y cuando las escuchas, las ilusiones que tenías toman una bocanada de aire y abren los ojos de repente, como un cuerpo que creías sin vida y a punto de ahogarse. Cuando acaba la canción vuelve a quedarse inconsciente.








1081. Hacerse



Empiezo a habituarme a las rutinas de la calle. El peluquero de al lado sale de vez en cuando a fumarse un cigarrillo. Hoy me ha dicho hola dos veces y hemos comentado que iba a llover otra vez. Una chica me ha invitado a pasar a un taller de artistas. Escultura, pintura, multimedia, no sé, de todo un poco. El lugar era una fábrica antigua. Hoy hacían un mercadillo de algo. Me he asomado y parecía interesante pero  no tenía demasiado tiempo, así que queda pendiente entrar el jueves u otro día. También hay otro espacio muy cerca en el que hacen conciertos de música electrónica y proyectan pelis que no se entienden y moderneces varias. Y una tienda de vinilos. Qué fuerte, vinilos. Tengo que investigar la subcultura de las calles colindantes. Me encanta esa estética industrial y de fábricas antiguas, mezclada con edificios de arquitectura ultramoderna y con las  típicas fincas barcelonesas de los años 30's. No tiene ni pies ni cabeza. Creo que por eso me siento acorde, porque ahora estoy así. Soy una amalgama de diferentes tiempos, compases, ritmos. Tengo montones de pena, pero ya forma parte de mi ropa, mi pelo, mis retinas,  ya no es una carga añadida. El hecho de estar iniciando algo nuevo está compensando.   Cuando estoy sola siento que me hago compañía. Pero echo de menos un abrazo externo que dure toda una noche.

En la piscina se me ha pasado el tiempo volando y cuando me he dado cuenta llevaba cincuenta minutos nadando. A veces es huir, alejarse. Cada vez pienso menos debajo del agua. Eso me gusta. 

Una de las ventajas de mi nuevo hogar es que estoy a cinco minutos en bici de la playa. Me he bebido una horchata viendo jugar a voleibol en la arena. Luego me he tumbado y he hecho una especie de siesta sin dormir. Era como estar de vacaciones muy lejos.

Estoy baldada. 

Tengo una cerveza, un melocotón y una manzana. Y una cafetera. 




domingo, septiembre 08, 2013

1079. Bicicletas




La bicicleta nostalgia estaba aparcada delante de mi nueva casa el día que me la enseñaron por primera vez.



Estos días he descubierto que muy cerca está aparcada la bicicleta alegre. Es de una chica a la que le encantan las flores.  Sólo conozco ese detalle sobre ella y porque me lo chivó la  camarera. ¿No es genial?

Me quedo con la segunda bicicleta, sin dudarlo. Es la que quiero que me lleve.

He decidido que mañana saldré pronto. Antes de entrar al trabajo compraré un café con leche para llevar y un cruasán. Me pasaré por mi futuro hogar para desayunar allí por primera vez. Me hace ilusión llegar temprano, abrir las persianas, ver el primer sol rozando los edificios. Aunque puede que esté nublado. Bueno, pues ver las primeras nubes. 

La ilusión por esas cuatro paredes nuevas que llegan a mi vida es similar a estar enamorándome. Hoy he estado pensando todo el día en ella –en mi casa. No he podido ir a verla porque tenía compromisos. Pero por la tarde, cuando se ha puesto a llover como si se acabara el mundo, he imaginado cómo sería si yo estuviera allí en ese momento. Es amor, está claro. Nos estamos conociendo y es emocionante.

viernes, septiembre 06, 2013

1077. Cuántas pestañas habré perdido ya





Hoy me han dado las llaves del lugar en el que viviré. Son muy grandes. Son de castillo. Necesito unas llaves grandes para mi nueva temporada. Llaves que no quepan en cualquier bolsillo. Que no puedan perderse en un bolso. Que no se confundan con otras. Llaves con historia –porque yo la tengo.

Me imaginé viviendo allí en cuanto el sol de la habitación me iluminó las pestañas –¿cuántas pestañas habré perdido ya?– y sentí eso que se siente cuando unos labios son tu cama revuelta unos instantes.

Muy cerca hay un local de sushi a domicilio. Era muy familiar, no era una franquicia, no era la copia de otra copia. Creo que lo regenta Scarlett Johanson por las mañanas y Jude Law por las tardes. También hay un bar muy de toda la vida, con carajillos, pinchos de tortilla, bocadillos de salchichas con pimientos, cerveza de barril y jamones fascinantes colgados. Y un quiosco de prensa. Y muchas bicicletas. Y una parada de metro por donde la gente baja a a las entrañas de la tierra ciudad.

 El número de la calle es el 69. Siempre que el azar me da un número tiene un 6. Lo tengo comprobadísimo.

He decidido que si hay un fantasma será bueno. Me preparará sopa para los días de invierno. 

Me siento mucho mejor desde ayer. Me liberé de algo que me angustiaba, que era una parte de mí que me dominaba en exceso. Ese espacio se llenará de amor, lo presiento. Todo está bien en la selva. No hablo de olvidar, porque eso no se hace. Eso pasa aunque no quieras. Hablo de mirar desde otras ventanas y vivir con lo que vaya viniendo. Llaves grandes para verme mejor.

Probablemente sienta mucha soledad, pero será de la buena, de la que es como nadar.




domingo, septiembre 01, 2013

1074. Me cuesta dormir

Hoy me cuesta dormir.

Ayer hablé mucho con dos personas distintas, en bares distintos, sobre los finales, los inicios de los finales y los finales de los finales. Con ambas brindé con cerveza (pero no por los finales).

Aunque queramos darle muchos significados, justificaciones, motivos e interpretaciones, es mucho más sencillo entender que lo que duele de los finales es no poder continuar. Seguimos respirando y no pasa nada.