jueves, diciembre 24, 2015

Arenas movedizas



















La desesperanza ha vuelto en la noche de Navidad. Es como aquellas arenas movedizas que salían en las series de los 80's. Cuanto más te resistías a hundirte, más te ahogabas. Sólo podías salvarte si alguien se la jugaba y te tendía una mano, o una cuerda. O si de pronto veías una raíz en la tierra a la que agarrarte.

De camino a casa, la luna estaba en todas partes. La línea continua del arcén en la carretera me hizo pensar en las personas que ya no están en mi vida. Ojalá sí, pero no. Se han ido por su propio pie.

He pensado, también, en el último baile de Noah y Alison. En la fuerza de las circunstancias.

Una noche más sin piscina. 

martes, diciembre 22, 2015

Otras navidades sin novia






Ayer soñé con un rosal precioso. Pero, al parecer, estaba lleno de termitas. Mi mayor miedo era que las termitas se fueran a las vigas de mi casa. Mi madre me decía que no, que se irían a mi cabeza. Mi madre, como siempre, alarmista. A todo esto, yo escribía una carta de amor.


Estos días, tal vez porque llega la Navidad, estoy recordando lo mal que me sentía el año pasado. Me despertaba entre cenizas. Hoy me he alegrado tanto de estar a salvo, que de camino a la playa he dado una vuelta en el aire. Y luego otra. Y luego otra más. En plan bailarina. El agua estaba helada. Ahora me duele todo el cuerpo. No sé si por el frío o por quedarme trabajando hasta tarde. He recuperado el placer por el estudio.

Por la tarde, una persona me ha declarado sus sentimientos. Como cuando íbamos al cole. Ha sido desconcertante. Una se despierta por la mañana y no piensa que alguien, de pronto, vaya a abrir una caja hermosa. Lamentablemente, no puedo corresponder. Una pena, la verdad, pero no puedo. Sólo un amor huracanado podría llevárselo todo. Yo, si no hay peligro de huracán, no me despeino. Me quedo en casa con mi guitarra, mis libros, mis novelas sin escribir, el neopreno.

En fin, otras navidades sin novia. Ya son las terceras. Aunque, en cierto modo, estuve en un invierno del otro hemisferio enamorada, tal vez podría contar como navidades. Recuerdo que el 25 de julio de aquel año esperaba que en cualquier momento apareciera un papa noel por la calle. Era todo tan navideño. Los barquillos, los abrigos, las bufandas, la nieve en la montaña. Nos hacemos una idea.

Viendo una película de Win Wenders en la que había una chimena inquietante, he recordado la última vez que le eché leña a un fuego, y no en sentido figurado. Nos discutimos. Ella decía que no sabía encenderla. Yo le decía que no, que se hacía así. Me jodió mucho. Drama absurdo. Creo que ahora no me enfadaría porque he madurado. Le daría un beso y dejaría que la encendiera a su manera.




















viernes, diciembre 18, 2015

Nórdico



Hago la cama antes de irme a dormir. Es absurdo, pero me vale. El nórdico es más grande que la funda y sobresale por una lado. Me recuerda al intestino de mi madre cuando le hicieron la colostomía. Resultaba extraño ver lo de dentro afuera, doloroso. Un agujero en mi mamá. Un boquete en su abdomen. Ahora es tan solo una cicatriz. Cada noche pienso en sus tripas, que vuelven a estar dentro, y en mis sueños nórdicos y blancos derramándose.

Quiero que se llame Valerie.

miércoles, diciembre 02, 2015

Fantasías en el centro comercial



He recuperado una especie de gabardina gris oscura, en forma de capa. A veces la llevo con mi gorra verde y azul, la de la avioneta pintada con mis iniciales delante. Es lo más parecido a un tatuaje. 

De esa guisa sospechosa entré ayer en un "H&M" infernal y acaricié todas las braguitas que pude. Estuve buscando unas para ti. Pensaba enviártelas anónimamente dentro de un sobre marrón con una breve nota. Así, en plan psycho killer. Pero si se pierden mis cartas, dudo que te lleguen mis bragas. Imaginé que otra persona las deslizaría por tu piel hasta quitártelas, puede que la noche de fin de año, u otra cualquiera. Entonces, cambié de opinión y salí de esa especie de ensueño de encaje en el que me había sumergido. 











martes, noviembre 24, 2015

La bata de Bruce Lee



Sí, es Julio Iglesias.

Llevo dos semanas seguidas soñando con mis ex-amores. A ver a quien le tocará esta noche. Será π, será œ, será ∫, será ∂, será ø... En esos sueños me aman con locura, se les va la cabeza por mí y hacen cosas bonitas.  Y mientras me besan, yo pienso todo el rato: lo sabía, lo sabía, lo sabía, lo sabía... sabía que me amabas, ¿por qué has tardado tanto en reconocerlo? Soy una ingenua, pero lo acepto. Dicho esto, prosigo con la fotocopia de hoy.

En los últimos días han sucedido 2 cosas increíbles. O muy impactantes. Una es una cortina de flecos. La otra es mi padre.

Empiezo por la cortina de flecos, si os parece.

Al antiguo inquilino de esta casa se le ocurrió quitar la puerta de la cocina. Bueno, al antiguo inquilino se le ocurrió quitar TODAS las puertas, para ser exactos. Pero la de la cocina no la volví a poner porque pensé que ocuparía demasiado espacio. Sin embargo, la semana pasada decidí comprar una cortina de esas de flecos, de plástico, porque a menudo suelo tener los platos sin fregar y me molesta verlo. Solución: instalemos una tupida cortina.

Tras un día entero con mi nueva cortina de flecos empecé a sentir algo así como alegría, brotes verdes, pupilas dilatadas. Pasaba por debajo de la cortina una y otra vez. Me encantaba el sonido de los flecos al rozarse los unos con los otros. Me hacía feliz. Era inexplicable. En una de esas, vi la luz: cada vez que pasaba bajo la cortina yo volvía a tener 7 años, estaba en un verano de los 80's, con un tragadiscos portátil, un single de Julio Iglesias y mi vecina rubia, cuyo nombre real no voy a poner aquí. Pongamos que se llamaba Patri. La interpretábamos juntas. Yo llevaba la voz cantante. Hey, no vayas presumiendo por ahí, diciendo que no puedo estar sin ti, ¿tú qué sabes de mí? Mientras yo decía todo eso –gesticulando y tal– Patri se limitaba a bailar a mi alrededor y a mover su melena rubia, a abrir y cerrar sus ojos azules y a pasar por debajo de la cortina de flecos de aquella casa de verano. Supongo que esa canción y esa escena infantil han marcado mi vida sentimental adulta.

 Es el turno de mi padre.

Hoy estaba viendo un capítulo de Jessica Jones y




me he levantado a ponerme un vaso de agua. Qué emocionante. Entonces he visto el frutero en la cocina lleno de mandarinas y he cogido un par y me las he llevado al sofá. Inmediatamente, zas, como un rayo, he recordado que mi padre solía hacer eso cuando yo era pequeña. Levantarse, ir a la cocina y volver con los bolsillos llenos de mandarinas. Me encantaba. De ese modo se alargaba un poco más la noche. Si mi padre sacaba mandarinas, yo no me iba a dormir todavía porque siempre me daba alguna y me quedaba un rato más. Era algo así como ponerse una copa, reflexionar, despedirse del día.

En esa época, mi padre solía llevar  una bata roja con un dragón chino grabado en la espalda. Durante un tiempo pensé que se trataba de la mismísima bata de Bruce Lee.

Hoy me toca llorar, yo que siempre reía.

Martes, 24 de noviembre, 1:32 am.

Editado: para los que tenéis una cortina de flecos en vuestra memoria, aquí va la cortina del presente:





martes, noviembre 17, 2015

La foto no tiene nada que ver




He soltado las riendas unos días y el caballo no se ha desbocado. Supongo que ya me he acostumbrado a la que hace un tiempo fue mi nueva vida; por eso ya no miro más allá de las fábricas ni observo a los que pasan por la calle por la mañana como si fueran los mensajeros de algo. Desayuno en un café preferido, estudio, completo mis tareas, salgo a cenar, quedo en la parada de metro de Joanic, me apunto a un evento de makers, conozco a gente nueva cada semana, mando papeles para que me seleccionen en algo, doy clases de español y hablo de tonterías. Nada me arrastra. Todo fluye. No me pone triste la imparable llegada de la Navidad. No pierdo la cabeza

Acabo de meter una parrafada sobre soltar las riendas, sobre la tranquilidad, la conformidad. Idioteces varias. Lo cierto es que me aburre tanta coherencia. Me siento insensible estos días. No sé qué me pasa. Debo estar triste, pero como no hago más que hacer cosas buenas y beneficiosas, pues ni me doy cuenta. Hacerse bien es un puto agobio, en realidad, es como rellenar huecos con masilla. No sé ni lo que estoy diciendo. Me gustaría enamorarme y perder los papeles. Arder. Pero puede que no vuelva a pasarme nunca más porque como en las otras ocasiones he gastado tanta mecha, pues igual ya se me han agotado los vales del amor. ¿Y si no vuelve a ocurrirme?  Es terrible.  No pienso pasarme la vida haciendo cosas beneficiosas y sonriendo como si no me diera cuenta de la catástrofe.