jueves, diciembre 13, 2007

Bufandas atrapa-secretos



Hoy hace tres años que le dio el infarto a mi padre. Le hemos comprado un pastel de cumpleaños con sabor a limón.

Sofía empezó a tocar el piano imaginario con 6 años. Una de sus piezas preferidas siempre fue el concierto nº1 para piano y orquesta de Tchaikovsky. Hoy ha sonado mientras comíamos y no ha podido evitar empezar a mover los dedos sobre el piano que siempre la acompaña. Me fascina esa habilidad imaginaria, es un punto de libro en mi memoria, ese tipo de detalles inolvidables que Sofía despliega ante mí como una baraja de naipes. Pero no tengo que quedarme con una única carta, no tengo que escoger al azar. Ella me dice: "son todas para ti".

martes, diciembre 11, 2007

Yo no he sido

Ayer hacía mucho calor en Barcelona. Hoy ha empezado a hacer algo de frío. Me he puesto el abrigo y las gafas oscuras porque el sol no se para.

En la universidad, una compañera nos ha dado unas pastillas para aclarar la voz antes de cantar. A mí me ha dado 4. Me he metido dos en la boca y las otras dos... no sé, han desaparecido de mi mano. Minutos más tarde alguien ha dicho, "mira, pastillas de regaliz en el suelo... ¿quién las ha tirado? seguro que son las de Paola porque están al lado de sus zapatos".

Es verdad, eran mías. Las había tirado a propósito. No sé, a veces también digo mentiras sin venir a cuento. Las pastillas se me han resbalado, las he tirado, que más da... a fin de cuentas dos pastillitas de regaliz no son ningún problema.

Cuando me han descubierto, he chutado las pastillas con fuerza y han salido disparadas. Nos hemos reído un poco.

La escena se parecía un poco a otra de hace unos dieciocho años.

Era verano y celebrábamos una fiesta de cumpleaños en el apartamento de Olga. La mamá de olga hizo croquetas y tortilla de patata y nos dejó solos porque el hermano mayor de Ana nos cuidaba. Se llamaba Álvaro. El hermano de Ana se llama Álvaro.

Yo era la más pequeña de la fiesta pero ya estaba enamorada, sobre todo de Eva, aunque también un poco de Óscar, pero era porque él estaba enamorado de Eva, y así, entre dos, la amábamos con más fuerza. A veces, Eva y yo nos quedábamos hasta muy tarde en los columpios comiendo pipas. Era muy tarde y estaba muy oscuro. Era tarde de verdad. Eran las doce de la noche o más. Las luces de la piscina ya estaban apagadas. Éramos pequeñas pero en verano disfrutábamos de algo de independencia adulta. Recuerdo el perfil de Eva comiendo pipas. Las dos llevábamos la misma camiseta.

La noche de la fiesta, Álvaro me dio una bofetada. Una bofetada que me giró la cara. Desde entonces no le soporto. A veces nos cruzamos y le pregunto qué tal le va para quedar bien, pero sé que nos caemos mal desde aquella noche. Dieciocho veranos cayéndonos mal.

La noche de la fiesta estábamos todas alrededor de la mesa cenando y escuchando la música que salia de mi comediscos. A mí se me cayó una croqueta al suelo pero nadie lo vio. Simplemente desapareció de mi mano, no sé... se me cayó, la tiré, que más da. A fin de cuentas, una croqueta en el suelo no es ningún problema. En cualquier caso, yo no quería que me descubrieran... pero Álvaro preguntó en voz alta: "¿Quién ha tirado la croqueta que está debajo de la mesa?" La croqueta estaba justo al lado de mis zapatos. Álvaro dijo, "ha sido Paola! Se le ha caído a Paola". Yo me defendí y lo negué todo.

Pero Álvaro seguía chinchándome. Él ya era mayorcito para andar chinchando así a las niñas. Dije que no, que no, que no, que a mí no se me había caído. Me daba vergüenza decir la verdad, que se me había caído al suelo y que la había aplastado luego para que no se notara. Así que Álvaro siguió insistiendo y yo me puse a llorar.

Eva me defendió, Eva tenía siempre tres años más que yo y me cuidaba un poco. Tenía los ojos de un verde tan bonito que los pintores se inspiraban en su color para pintar los árboles, las ranas, la hierba... y en definitiva, todas las cosas verdes. Pero Álvaro no se dio por vencido y me soltó una bofetada por una mísera croqueta aplastada en el suelo. Ahora me arrepiento de no haber desperdigado la puta croqueta por todo el comedor, eso es lo que tendría que haber hecho para plantarle cara a Álvaro. Pero me fui llorando, abrí la puerta y me fui corriendo a mi casa.

Álvaro es ese tipo de tío que lleva el bañador ajustado. Es que me da una rabia.


miércoles, diciembre 05, 2007

Bailando




En los primeros ensayos del baile de navidad me ha tocado estar en primera fila, pero intentaré retroceder algunas posiciones durante los próximos días por si la tercera palmada no me sale el día de la función, que la tercera siempre me pilla con el pie cambiado, y es curioso como un pie cambiado puede afectar tanto. Mi pie bueno es el izquierdo. Yo tenía que ser zurda pero no sé qué pasó. En el trozo que corremos todos juntos en círculo me temo que vamos a parecer caballos desbocados huyendo de la lluvia.

El otro día hice una lista para mi paraíso ideal. Puse a sofía, a mis perros, libros, música, un cine, un piano, una guitarra, cero partituras, playa y una casa. La visita de tres o cuatro personas concretas de vez en cuando; y alguna que otra fiesta con muchos invitados salidos de la nada pero que no se metieran en mis asuntos. Y se me olvidó poner a mis padres, me pareció raro, así que los añadí al final en rojo, ellos vendrían también de vez en cuando, o podrían vivir en el paraíso de al lado. Luego pensé que tener algún que otro vecino no estaría mal, personas ajenas con sus propias historias. Y una ciudad, para ir de vez en cuando. Eso sí, nada de presiones, nada de pruebas y nada de saltos mortales.

Ya me he hecho la maleta. Mañana nos vamos a parís, digo a madrid. Volamos en avión tan pronto que no sabemos si estará puesto el cielo. No hay tiempo que perder.

lunes, diciembre 03, 2007

Si me quivoco





En el parque me sorprendió una lluvia de hojas secas. Me rozó la cara y el abrigo como un contrincante con espada y cicatriz en el pómulo izquierdo. El viento soplaba y la lluvia se hizo más fuerte. Las bailarinas caían girando hacia el suelo. Los tutus se abrían como un paracaídas. Mis perros y yo mirábamos hacia arriba boquiabiertos. Mirad la lluvia de hojas. Mi perro negro quiso perseguirlas todas pero era imposible, cuando tenía una a punto en el hocico, otra caía dos metros más allá. Intentaron ladrar algo pero nada. Yo tampoco supe qué decir.

Nos fuimos a casa. Comimos lentejas y una mandarina. En seguida me puse a trabajar. Por la tarde tengo que aprender todo lo que no sé hacer por la mañana. Un día de estos dejo de hacer equilibrios y si me equivoco, pues me equivoco y no pasa nada.

sábado, noviembre 24, 2007

Temas que no importan


Hacía tiempo que no me despertaba un sábado en mi habitación. Mi perra rubia se está convirtiendo en un plumero con patas. Salta de sofá en sofá, no se le ven los ojos, le muerde las orejas a mi perro negro. Él se pone tripa arriba y se deja morder. Hablar de perros es como hablar de sueños, es algo que sólo interesa al dueño de los sueños o de los perros, en este caso dueña, y a quién está enamorado/a de la/el dueña/o de los perros o los sueños.

Con todo el día libre por delante he aprovechado para hacer cosas de chicas y me he teñido el pelo. Si tuviera las uñas largas me las hubiera pintado pero no es el caso, aún así el ejemplo sirve. Podría haber ido a la peluquería pero siempre te tientan con las tijeras para que te lo cortes, y yo ahora lo quiero largo, muy largo, ya me pasa de los hombros más de un palmo. Y estoy orgullosa de ello. Es símbolo de fuerza.

Me he puesto la camiseta de los tintes. Es de color blanco y de propaganda de un torneo de baloncesto. Siempre uso la misma para no estropear otra. Perteneció a mi último novio serio, sin embargo era muy simpático. Es lo único suyo que conservo. Un día quieres tener hijos con él y otro día sólo quieres tener una camiseta para cuando te tiñes el pelo. Mi novio era alto. Mi abuela siempre me hablaba de un novio que tuvo que era muy alto, se llamaba Fernando. Era lo único que destacaba de él, su altura. Se le iluminaban los ojos de tal forma cuando mencionaba su estatura que debió calarme hondo. Ahora mi novio se ha casado y me manda recuerdos para mis padres. Aún le llamo novio, es una manía.

Sofía siempre me dice que tengo el pelo muy brillante. Eso es gracias a una buena alimentación. A los perros también les pasa, cuando les brilla el pelo es que están contentos y bien alimentados. Con los sueños no lo he comprobado, tal vez también influya algo. Yo le digo que ella tiene un pelo precioso. Nunca se lo habían dicho, o esa dice ella, pero a mí siempre me gustó, desde que iba al parvulario me gusta su pelo.

Hoy me siento muy feliz. Otra tema que en general tampoco importa demasiado.

He descubierto una cancioncilla del folklore nórdico que me encanta, la toco con el piano. Está en mi menor. Es triste y triste pero preciosa. Si un día me animo, bajaré los bártulos y la grabaré.

jueves, noviembre 22, 2007

¿Por dónde voy?



Ochenta y dos cuando voy en coche, ochenta y dos cuando camino hacia la facultad, ochenta y dos cuando me examino de formación instrumental, ochenta y dos si me paseo por el hospital, ochenta y dos cuando me miro en el espejo, ochenta y dos mientras me ducho, ochenta y dos cuando cierro los ojos, ochenta dos mientras paseo a mis perros, ochenta y dos, ochenta y dos, ochenta y dos.


Estoy leyendo La niña del faro de Jeanette Winterson. Me gusta tanto que he decidido prescindir del punto de libro, así tengo que memorizar durante todo el día el número de página por el que voy. Ochenta y dos, ochenta y dos, ochenta y dos. Es el misterio en el que ando pensando cuando pongo cara de andar pensando.

Vivía en una casa sobre la pendiente de un acantilado. Había que clavar las sillas al suelo y jamás podíamos comer espaguetis. Comíamos cosas que se quedaran pegadas al plato: pastel de carne con patatas, gulash, risotto, huevos revueltos. Una vez intentamos comer guisantes. Menudo desastre. Durante mucho tiempo todavía encontramos alguno, verde y cubierto de polvo, en los rincones de la habitación. ( Jeanette Winterson, La niña del Faro )